Sesión discontinua
#historiasdeviajes
Sesión discontinua
Alejandro Portaz
— Llegaremos a Cabaniellas en unos 10 minutos —suena la megafonía.
Habremos recorrido la mitad del camino, estamos en el punto medio del intervalo estival. La ruta es el propio verano. Bueno, y las películas, claro, veremos tantas como nos permitan. Atardece y nuestro autobús recorre la sinuosa carretera de una de esas laderas espesas de verde y vaho, una de esas pendientes en las que, tensa, no puedes dejar de mirar abajo, de las que no paras de pensar en si el imprevisto o el arrebato humano de la conductora te precipitarán al abismo. Inés y yo debemos llevar unas dos horas sin hablar. Esta vez no nos hemos enfadado, es la mudez del desarraigo, un tiempo de reposo para nuestros cerebros; la última visita del viaje no ha resultado nada fácil de incorporar a nuestro diario. Debe estar pensando en ello, como hago yo.
Esta mañana hemos ido a un pueblo que costaba ubicar en el mapa, un lugar para alimentar muchos recuerdos nuevos de aquí al futuro. Solo podíamos llegar caminando, tras una hora de sendero desde el pueblo anterior, ambos estaban en nuestra lista. Sobre las nueve hemos llegado a un control, nos esperaban con la cabeza tapada, como con una venda, impresionaba. Allí ya han naturalizado una imposición que para nosotras ha resultado ser una novedad absoluta, los habitantes de Cienfuegos se ven raros sin llevar los ojos tapados, se sienten inseguros. Lo normal allí, vamos, lo obligado, es llevar antifaz. Y así lo hemos visitado, con una venda en los ojos.
Van ciegas y ciegos por ahí, las autoridades nos han hablado de un virus que se transmite por la mirada, así que nos hemos viciado a oler, a tocar, a hablar, hemos conversado indiscriminadamente con cada desconocido. Los hay que se despistan, o eso dicen, y acceden a los comercios desprovistos del homologado quirúrgico, se tapan los ojos con la mano, para disimular. Los guardias han multado (por otros menesteres: arrojar basura, abandonar un accidente, gritar de noche, etc.) a algunos otros que creían que con ellos no iba la cosa —claro, van torpes—, no se coscaron; los hay que no quieren escuchar las normas, que se excusan en los contratiempos de la no-visión para eludir sus responsabilidades. Allí —bueno, en cualquier lugar— los antifaces dan calor, pero dicen que pronto te haces al disfraz, a sus diseños de heroínas y héroes, el que más se lleva es el de la banderita. Los desechables apenas duran dos horas, si los llevas más tiempo empiezas a ver esas pequeñas moscas navegantes, las miodesopsias. Da risa, mucha. Será cosa del humor vítreo. Aunque es para tomárselo en serio, pues podría ser el inicio de la enfermedad.
Lo más curioso, lo más apasionante ha sido, sin duda, conocer la excepción: tan solo se permite llevarse la máscara de los ojos en el cine (y solo hay uno en el pueblo), para ver la película, una vez que se han apagado las luces de la sala. Se agradece. Algunos temerosos siguen cegados y dan valor a sus oídos, experimentando sensaciones nuevas. Otros, en ocasiones, eso dicen los chismes, apartan por momentos la mirada de la pantalla, buscando otros ojos en la penumbra, desafiando a la infección. Y se dice que alguna vez se encuentran estas miradas, alimentando el alma, propiciando sueños únicos a los infectados, retinas marcadas con otro rostro, sin la tela cubre-ojos. Les delata la mueca al salir.
Inés y yo hemos sido buenas chicas y yendo por el pueblo no hemos husmeado por el rabillo del ojo, por si acaso. Pero no hemos podido evitar vivir la experiencia del cine. Es como caminar por el finísimo límite de lo permitido, el escueto alambre del riesgo, además de que las películas son la experiencia más placentera que compartimos mi amiga y yo desde que nos conocemos. Si sumamos a esto que nuestra misión este verano es la de degustar las últimas salas oscuras con vida de la región, era obligado lanzarse a las butacas. ¡Qué estremecimiento!
El autobús hace una parada en un recodo de la montaña. El sol funde ya su galleta de yema sobre unos secaderos de granos, la hora bruja se aproxima. El monótono motor al ralentí me ha devuelto a este presente. Inés acababa de quedarse dormida, la despierto suavemente.
—Se ha parado. Aquí en medio.
—¿Qué? —me dice, incorporándose.
—¿Crees que es ahora cuando da un volantazo y nos vamos directas al valle? Qué alto está, no se ve el fondo. Hay neblina.
—Qué va, calla —termina de sentarse bien—. Mira, hay otro coche justo delante. No podemos pasar.
Nos toca esperar.
Tal vez han pasado veinte minutos y seguimos paradas. Justo cuando se encienden las luces del interior del vehículo nos damos cuenta de que es de noche.
—Nos quedan doce cines, vamos bien de tiempo —digo, tras revisar mi libreta.
—No hace falta que lo hagamos todo. Veamos cada día —me sorprende siempre Inés, con su seguridad, su inmediatez.
—¿Te ha gustado la peli? —inicio un nuevo tema, recupero el capítulo vivido en Cienfuegos.
—No estaba mal. Aunque me he perdido un trozo. Estaba... fijándome en una chica.
—No te creo.
—¿Crees que debería hacerme una prueba al llegar al albergue?
Le contesto con un encogimiento. Y ya no miro más a Inés a los ojos. No porque la tenga de lado, porque esté en penumbra, o porque tal vez se haya contagiado. Me ha impresionado su confesión, me ha punzado que cambiara la pantalla por aquella chica, un ser que nunca llegué a ver. Me pregunto, mientras este autobús descansa, si se habrán visto fuera, si habrá caminado con ella en tanto yo iba al baño, si han quedado en verse más adelante.
Por un momento deseo ese volantazo, como Inés deseó estar con ella y no con lo que más amaba: el cine.
Comentarios
Publicar un comentario